Si me pusiera a reflexionar sobre lo que supone para mí la palabra música, no sabría por dónde empezar: emoción, escalofrío, recuerdos (buenos y no tan buenos), lágrimas, risa, bailes, felicidad, tristeza, ayuda, compañía, narración… En definitiva, una extensión de mi ser; nadie que me conozca puede separar la música de mi carácter, de mi forma de ser y de mi vida en general.

Esto mismo pasa si hablamos de la protagonista de la película que os quiero ofrecer: Meryl Streep. Para mí no existe ninguna otra personalidad del Séptimo Arte capaz de hacer sentir lo que ella, sin saberlo y desde bien niña, me transmite a través de la gran pantalla.

Adoración, admiración y devoción; si tuviese que profesar una confesión religiosa, sólo seguiría el dogma que me marcase esta señora.

Juntando estos dos elementos, el resultado es siempre excelente, pero ¿qué pasaría si alguien como la Streep, que canta genial, interpretase a alguien que no sabe cantar pero cree que sí? La respuesta a esta enrevesada pregunta es la película Florence Foster Jenkins, del director Stephen Frears. No voy a hablar de ninguna historia inventada o creada exclusivamente para el filme, sino que lo narrado en la cinta es lo que sucedió realmente con esta mujer, una americana amante de la ópera y la buena música, pero sin oído y, por tanto, sin dotes vocales. Esto no impidió que dedicase su vida adulta a dar conciertos en grandes salas y teatros de alta reputación (en lo que influía el capital del que disponía el matrimonio Jenkins), completando el aforo de estos e incluso grabando discos en los que mostraba sus “cualidades” musicales, adquiridas también gracias a la ayuda de clases de canto particulares.

La película, que en principio tenía la apariencia de comedia basada en hechos reales, se torna un tanto triste cuando observamos quién era la verdadera Florence, la que no se mostraba en los escenarios: una mujer enferma y moribunda, enamorada de su marido, quien la quería pero no en todos los sentidos del verbo; una mujer buena e inocente que daba su alma a cambio de “cantar” unos compases acompañada de un piano. Y yo pienso: ¿Cómo ha de sufrir alguien que vive por y para la música cuando la voz no ilustra los sentimientos que lleva adentro? Si os soy sincera, yo no podría soportarlo, pero Florence nos mostró que con actitud positiva y empeño (y algo de dinero), puedes llevar a cabo lo que te propongas, aunque no tengas ni la más remota idea de acertar las notas musicales al cantar.

Lo más llamativo para mí es lo bien que Meryl Streep transmite la candidez, la predisposición y la actitud positiva que eran características de la auténtica Florence Foster, cómo ésta intentó compartir con aquellos a los que apreciaba o a los que quería que la tuviesen en estima su pasión por la música, algo difícil de ver y de apreciar dadas las trabas técnicas de la “Voz de Ángel”, como en alguna ocasión se la llamó.

Unido a esto, las pinceladas de humor y de sarcasmo que salpican la cinta son dignas de mención a su vez, y la ambientación en general es digna de nominación a un premio de la Academia.

No sé vosotros, pero yo correría a soltar alguna risa, una lagrimita y algún lamento al grito de “uf” al escuchar a esta pedazo de actriz haciendo mal algo que en realidad ejecuta de una manera formidable, como es el cantar. No deberíais perdérosla.

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