No hay nada como la experiencia de subirme a mi avioneta en una mañana clara y tirar la palanca de encendido  Después de un par de rotaciones el motor toma vida.  Puedo sentir las vibraciones y escuchar el ruido seco, lento y cíclico mientras la propela gira en régimen de ralentí.  Ajustando la potencia, el avión comienza poco a poco  a moverse.  Al completar el recorrido de la pista y las verificaciones de seguridad, me alíneo hacia el final, aumento la velocidad hasta el máximo y puedo sentir la  aceleración.  Después de unos segundos, el elevador se inclina y con un poco más de velocidad, todo el avión queda suspendido en el aire.  La altura me ofrece una vista magnífica del paisaje mientras siento la calma y libertad que solamente me puede ofrecer volar mi propia avioneta. 

Cuando era un niño y visitaba a mi abuelo miraba con admiración el escritorio de su despacho, estaba lleno de objetos relacionados con el mundo de la aviación.  Mi abuelo era  piloto y comenzó su entrenamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente, la guerra terminó antes de que él tuviera que combatir y optó por una carrera como piloto comercial.  En el objeto que atraía más mi atención  podía leerse: “Las leyes de la aerodinámica concluyen que el abejorro es incapaz de volar. El abejorro las ignora y vuela de todas maneras”.  Es decir, nunca le permitas a nadie interferir en tus sueños o decidir lo que eres capaz o no de hacer.  Con esta inspiración, del  mismo modo que mi abuelo, me interesé en la aviación.  

El entrenamiento

Además de esta historia familiar me atraían otros aspectos; el entusiasmo de volar mi propio avión y la libertad que ofrece alzar el vuelo sin las obstrucciones o limitaciones de las calles y los objetos que se encuentran alrededor.  En un avión es posible moverse en cualquiera de las tres dimensiones. Me fascinaban, también, los aspectos técnicos que hacen posible volar y navegar.  ¿Cómo es posible que todos esos aviones pueden ir desde un punto A hasta un punto B? y ¿cómo lo hacen cuando la visibilidad es mínima?  Quería algo más que un libro para aprender.  Yo quería subirme a un avión y poder volarlo, y eso requeriría un entrenamiento formal de piloto.  

Es importante saber qué te motiva y si estás dispuesto a realizar un un esfuerzo tan importante como un entrenamiento de vuelo, lo cual conlleva algunos sacrificios.

Tuve que ser paciente y lidiar con la frustración hasta que pude alcanzar mi meta.  

Desde el comienzo de mi entrenamiento a la emoción de mi primer vuelo solo (mientras pensaba si era una buena idea que el profesor se bajara del avión) pasaron aproximadamente seis meses.  

Cautivado por un Luscombe

Después de completar mi entrenamiento tenía que encontrar la mejor manera de poner en práctica mi recién adquirida capacidad para volar.  Alquilar un avión es muy costoso y los horarios suelen ser complicados, particularmente durante los fines de semana cuando todo el mundo quiere salir a volar.  Así que decidí que lo mejor sería comprarme mi propia avioneta.  Cuando comencé mi entrenamiento me hice amigo de dos pilotos comerciales que vivían en el mismo edificio donde yo vivía. Uno de ellos me convenció de comprar un avión clásico de dos puestos llamado Luscombe.  Encontré uno del año 1948 que se encontraba aproximadamente a 1000 millas de distancia en Texas.  Cuando lo volé para probarlo, salimos de una pista de césped y volamos sobre unos campos de sembradíos, subiendo, bajando y dando vueltas.  Me divertí muchísimo e inmediatamente quedé cautivado por el Luscombe.  Mi amigo y yo lo recogimos al cabo de poco tiempo y lo volamos hasta Chicago.  

El Luscombe es un avión antiguo y nostálgico que  evoca a los tempranos días de la aviación, cuando mi abuelo era un piloto relativamente jóven.  Una vez le pregunté a mi abuela si ella conocía el modelo de avionetas Luscombe.  Para mi sorpresa me dijo que sí los conocía y que la primera vez que mi abuelo la llevó a volar había sido en un Luscombe.  La vieja generación estaba muy familiarizada con este tipo de aviones y disfrutaba mucho verlos.  

Una vez recibí una carta de un antiguo dueño de mi avión preguntándome qué había sido de la vida de su “ave”.  

Curiosamente, los niños también se sienten atraídos a él y se agrupan alrededor de mi avión cuando lo ven en algún show en el que también participan modelos más impresionantes y costosos que el mío.

Aunque era considerado una avión de gran desempeño en sus días y se conocía como “el primer avión de metal personal de Norte América”, mucho ha cambiado desde 1948.  Mis viajes se llevan a cabo “bajo y lento”.  Para mí está bien, me ofrece más tiempo para disfrutar la experiencia y una mejor vista del paisaje.  

Aprender a volar tiene sus retos; sin embargo, la recompensa final, bien vale los sacrificios.

 

Esta publicación es una versión resumida del artículo original que podréis encontrar en la edición impresa.

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